Ciudad de México.- En millones de hogares mexicanos, el trabajo de las empleadas domésticas permite que todo funcione. Su labor silenciosa, constante y comprometida, sostiene rutinas, cuida personas y da bienestar a las familias. Y aún así es una de las ocupaciones más invisibles y desprotegidas del país.
Aunque el Día Internacional del Trabajo Doméstico se conmemoró esta semana, la reflexión no puede quedarse en una fecha, es urgente hablar del valor de este trabajo y de las condiciones reales en las que se desarrolla. ¿Qué derechos tienen y qué tan lejos estamos de garantizarles un empleo digno?
¿Quiénes son las personas trabajadoras del hogar?
De acuerdo con el INEGI, al tercer trimestre de 2023, en México había 2.5 millones de personas ocupadas en el trabajo doméstico remunerado. Esta cifra representa el 4.2 por ciento del total de la población ocupada.
Nueve de cada diez personas que realizan esta labor son mujeres. La edad promedio de quienes se dedican a estas tareas es de 44.5 años, y la mayoría pertenece al grupo de entre 30 y 59 años.
El trabajo doméstico incluye no solo labores de limpieza, sino también cuidados a personas mayores, enfermas o con discapacidad, así como cocina, jardinería, vigilancia y transporte en casas particulares.
Según esta encuesta las trabajadoras domésticas que reciben un pago, perciben en promedio ingresos de 3 829 pesos mensuales, en promedio: 3 767 pesos las mujeres.
Sin prestaciones, sin derechos plenos
El dato más alarmante del reciente informe del INEGI es que el 69.5 por ciento de las personas trabajadoras del hogar no recibe ninguna prestación laboral. Es decir, trabajan sin acceso a seguridad social, vacaciones pagadas, aguinaldo, o algún tipo de respaldo en caso de enfermedad o accidente.
Esto ocurre a pesar de que la ley reconoce sus derechos. Desde la reforma de 2019 y los avances en materia de justicia laboral, se establecieron bases para su incorporación al régimen obligatorio del IMSS. Sin embargo, la informalidad persiste como regla, no excepción.
Una deuda histórica
La realidad muestra que aún existe una deuda histórica con este sector, especialmente con las mujeres que, por décadas, han sido parte fundamental de los hogares sin ser reconocidas como trabajadoras con derechos.
Promover su formalización laboral no es solo una cuestión de justicia social, sino también de salud pública, desarrollo económico y dignidad humana.
¿Qué podemos hacer desde casa?
Desde el ámbito familiar, y también como empleadores, podemos comenzar a generar un cambio. Lo primero es informarnos sobre los derechos laborales de las personas trabajadoras del hogar, registrarlas ante el IMSS si trabajan más de una vez por semana y pagarles un salario justo.
También es clave romper con las creencias: el trabajo doméstico no es “ayuda”, es oficio que merece ser respetado y valorado.